Archive for the 'Épica' Category

Futbolín

El director y guionista argentino Juan José Campanella, conocido por grandes éxitos como El hijo de la novia (2001) o El secreto de sus ojos (2009) se ha lanzado al cine de animación, con el riesgo que comporta respetar el código infantil. Quizá sea éste el único problema que presenta la historia: aceptar que el mundo de los niños está regido por una mirada inocente, incapaz de ver maldad donde la hubiere. Incapaz de entender insinuaciones o las rarezas más cotidianas.  La idea es original y contundente y los personajes, divertidos.

El fútbol y las pasiones que suscita se convierten en un telón de fondo perfecto para desarrollar una trama de rivalidad entre dos niños, que muy rápido dejan de serlo. Ahí quizá reside un primer error de código. Y es que la historia abandona el mundo de los niños muy pronto para asentarse en el de unos adolescentes creciditos con intereses y deseos adultos. Amadeo, un niño amante del fútbol, es un as del futbolín. Su constitución endeble y timidez lo recluyen al juego del bar, donde es capaz de proyectar sus habilidades manuales, al menos. En un duelo sin importancia con el chico más arrogante y presuntuoso del pueblo, logra vencerle. Esa derrota acompañará durante años al rencoroso de “el Crack”, que convertido en estrella del fútbol, pretende arrebatarle al amor de su vida (Laura) y derrotarle, esta vez, en un partido de verdad.

La historia de David contra Goliat, acompañado de un peculiar “club de los fracasados”, resulta estimulante, pero no se articula bien en el guión. Es en la opción por los desarrapados y en apariencia inútiles donde reside el auténtico éxito, querría decir la historia. Pero el espectador echa de menos, entre otras cosas, un argumento más trabajado, una mayor caracterización de estos personajes –por lo menos, para empatizar con ellos- y, puestos a reír, un humor más fresco en los componentes del equipo del futbolín.

El hobbit: La desolación de Smaug

Continuamos con la saga de El Hobbit. Peter Jackson ha estirado demasiado el chicle. Y probablemente acabe rompiéndolo en la tercera parte de la adaptación de la obra de J.J.R. Tolkien. En lo que respecta a la “desolación de Smaug”, la segunda estrenada, se trata de una película con un guión poco articulado, pobre de argumento, con lo cual se han potenciado más los aspectos visual y técnico de la historia. De este modo, tenemos una aventura de acción continua, en la que se abusa de persecuciones de orcos, con giros inverosímiles en el marco de una absoluta fantasía, así como el espectador acaba mareándose -por falta de perspectiva- en el encuentro inopinado con el dragón Smaug.

Además de poco emocionante (aunque entretenido), el relato ha perdido la magia del cuento de Tolkien. Quizá porque se relame demasiado en el efectismo de los personajes, los detalles menores y en jugar con la imaginación del espectador, sin ofrecerle la sustancia de la aventura. En este caso, centrada en la codicia por el oro, compartida por las criaturas de ese mundo, tan unida al señor del anillo y causa del primer afecto por el mal. La historia de amor entre la Elfa del Bosque Negro y el enano no aparece en la obra original; pero podría haber tenido su interés si hubieran potenciado más el aspecto poético de la historia; el carácter melancólico de unos elfos desnaturalizados y la posibilidad de aliarlos con los enanos. Sin embargo, se queda en un juego de miradas y nada más. Como el papel del mago Gandalf, tan elocuente siempre en su interpretación, pero insuficiente en el papel de aliado del Bien que se sorprende ante lo que ha de venir. Quizá ése es el gran problema: que El señor de los anillos ya sucedió en la pantalla. Por eso la prehistoria está contada sin demasiado interés por el significado de las consignas  del mundo tolkiniano. Habrá que dar una oportunidad a la tercera parte.

Frozen

Disney retoma la saga de cuentos de Hans Christian Andersen, esta vez para ofrecernos Frozen, una adaptación de La reina de las nieves. Como es lógico, el relato renovado está lleno de candor, espectáculo, acción y grandes expectativas de merchandising. Pero funciona muy bien y hasta tiene un gran interés para los niños y los adultos. El cuento narra la historia de dos princesitas en un país del Norte. La mayor se llama Elsa y la pequeña Ana. Un día, durante un juego nocturno, Elsa, que, desde siempre posee poderes para crear nieve, hiere a su hermana sin querer. A partir de entonces, sus padres deciden ocultarla del mundo y separarla de su querida Ana, aislándola como prevención del mal que arrastra su poder. 

“En ella no había tranquilidad ni descanso”. Con estas palabras define Andersen la inquietud que transmitían los bellos ojos de la reina de las nieves. Se trata de una imagen que define muy bien el conflicto propio de Elsa, la hermana mayor y co-protagonista de Frozen, quizá el personaje más interesante aunque menos trabajado de la película. Pues en su orientación por un público infantil alegre y despreocupado como el actual, abundar en un drama como el de Elsa habría ensombrecido aún más la historia. Disney se apoya en su hermana, Ana, aguerrida, extrovertida y generosa y en personajes de coro como Christoff, el joven pica hielos; Sven, el reno antropomórfico y Olaf, un muñeco de nieve cargado de humor.

 A lo largo de la acción, Frozen intenta dar un origen al hermoso mal de la nieve, que todo lo enfría. Y para ello escoge, cómo no, la metáfora del corazón de hielo. A la metáfora se asocian la soledad, el malestar, el temor, la ira y la pena y por ello, Elsa necesita curarse claramente y aprender a manejar su poder que se debate entre “ser libre” y soltar siempre sus deseos sin mirar más allá de ellos o amar. Esto último también tiene que aprenderlo.

Kon-Tiki

En esta ficción se rememora la gran expedición marítima acometida por el etnógrafo y explorador noruego Thor Heyerdahl, en 1947. Con el fin de demostrar la hipótesis -fraguada durante años de convivencia en islas de la Polinesia- que pudieron ser habitantes de sudamérica los pobladores de la Polinesia y no gentes venidas de Asia, Heyerdahl y cinco exploradores más se lanzaron a una aventura increíble que consistió en construir una balsa de madera con los medios más cercanos a los de la época pre-colombina y navegar desde Perú hasta la Polinesia recorriendo 8.000 kilómetros. Sólo contaban con un radiotransmisor que funcionaba muy ocasionalmente y con el cual pretendían informar de su posición al resto del mundo. Además disponían de pocos víveres, pues, en esencia, se alimentaban de lo que les proporcionaba el mar.

El filme se recrea en lo terrible del espectáculo del océano, con sus maravillas y peligros, como ya se contemplaran en La vida de Pi (Lee, 2012). La particularidad, en este caso, está en que la película de Joaquim Rønning parte de dos documentos bastantes anteriores a los del filme de Ang Lee: un documental histórico y el libro de Heyerdahl. En primer lugar, el documental pone base al ambiente, las peripecias y la autenticidad de los acontecimientos contados en el relato. Por el documental, Heyerdahl recibió un Óscar de la Academia en 1951. Y en segundo lugar, las memorias de Heyerdahl, con sus propuestas, intenciones y afanes, ofrecen una perspectiva existencial de la expedición, sólo comprensible a los ojos de una mentalidad soñadora. A través de un argumento bien llevado y un guión correcto, con ritmo y emoción se rescata una expedición de vital importancia realizada en pleno siglo XX. Pues, en realidad, lo que se pone manifiesto es la necesidad congénita del hombre por la aventura. Esta necesidad es la que, sin satisfacer, ahoga a muchos en el vaso de una vida sistematizada. Por encima de la mera intensidad, tan ansiada para sentirnos vivos, encarar los riesgos de una empresa y superar obstáculos que nos ponen en la tesitura de poder perder la vida dan a esta última mucho sentido. El filme pone de manifiesto la tenacidad, la fe y el valor -rayano en la locura- de los seis expedicionarios, en especial, de Heyerdahl, quien tuvo la idea feliz. El éxito de la expedición es un éxito más para animarnos a emprender. Con riesgos, claro.

The Iron Horse

Tras impartir un Seminario de cine clásico sobre cinco westerns emblemáticos del gran maestro del cine John Ford, hoy rescato El caballo de hierro, producción del año 1924. La razón que hace única esta historia y otras tantas de Ford es que, pese a tratarse de “películas del Oeste”, están focalizadas desde una mirada singular: la de un católico. Pudiera decirse que hablan de los efectos de la fe sin tratar de la fe como tema; sin la recurrencia –ora, ritual, ora, cultural- a los signos religiosos como prueba única de ese “religare” salvífico que, a veces, establecemos las personas con la Persona. Por ello, merece la pena considerar qué hay detrás de las apariencias de un relato épico sobre la construcción del ferrocarril, el símbolo de la llegada de la civilización y de la democracia en América.

El filme arranca con la pequeña historia –solía ser predilección de Ford narrar lo grande a través de lo pequeño- de un par de pioneros que deciden adentrarse en las tierras salvajes en busca de nuevas oportunidades. Frente al cálculo de los empresarios, estos pioneros se enfrentan a riesgos reales: la amenaza y el ataque de los indios. Después y sólo después de que los primeros aventureros transitan el desierto con sus desfiladeros, entonces llegan los empresarios, dispuestos a sacar rédito inmediato del nuevo status quo. Ésta es el argumento. En cambio, el relato se detiene con suma delicadeza en algunos aspectos que, en el tratamiento, manifiestan esa mirada genuina del cristiano: la de la compasión y la capacidad de admirarse ante la belleza. Los elementos de la contemplación son tan materiales como la llanura y tan inmateriales como la virtud. En el primer caso, la consideración fordiana del espacio es casi sacramental, pues aparece como una donación vivificante que despierta en los hombres su religiosidad y que llega incluso a permitirle ejercitarla en el balbuceo de una oración torpe. Pero en el segundo de los casos, Ford llega al culmen de esa contemplación desde el respeto profundo por la verdad de cada persona, al recrearse en la belleza de las relaciones humanas cuando nos tratamos bien. Y también, como es de esperar, al mostrar la verdad de la mentira, descubriéndola del velo del engaño. La opción está clara: fomentar lo bello y disfrutar de lo bello. No nos queda otra.

Gravity

 Qué mejor que el espacio para conseguir unas vistas perfectas de nuestra querida Tierra. Quizá las mejores. Desde la masa ingrávida que rodea a nuestro planeta, el filme de Alfonso Cuarón nos cuenta una historia de personas alejadas de nuestro mundo por distintas razones: la mera fascinación por las actividades espaciales propias del trabajo de astronauta combinada con la huida hacia adelante de una vida solitaria, dolorosa y sin aparente sentido. El relato empieza con una operación rutinaria de reparación de un telescopio espacial. Pero como no podía ser de otra manera, esa misión “regular” se ve truncada por la reacción en cadena que produce la destrucción de un misil ruso (cómo no) con un satélite. El caso es que un aluvión de piezas del satélite en órbita arremeten contra nuestros protagonistas ocasionando graves pérdidas en los equipos y la separación inmediata de los astronautas del centro de operaciones. A partir de ahí, se inicia una carrera de obstáculos en medio de una agonía creciente que se siente aún más como tal por el silencio ensordecedor del espacio y la falta de tierra firme donde asentarse. Entonces, la protagonista reza implorando a la Trascendencia que la cuide. Es el momento de Dios.

A las excelentes interpretaciones de Sandra Bullock y George Clooney, se suman la calidad fotográfica y, por fortuna, un guión bien sostenido en el tiempo y la tensión, pese a que las condiciones del espacio, irónicamente limitado, y la interacción con un escaso número de personajes hacen pensar de entrada en una película tendente al documental o marcada por la inverosimilitud. Sin embargo, quizá por el afán existencialista de cada milímetro del metraje por preguntarse acerca de nuestro origen, nuestro destino, nuestro para qué y quién sabe si por nuestro por qué, el filme consigue mantenernos alertas, y muy cercanos al drama de los protagonistas, que no se rinden ante las dificultades por muy duras que sean. Si bien, como es propio de una historia intimista y épica, el héroe consigue una nueva oportunidad en forma de un nuevo nacimiento que recuerda al origen mismo del hombre: caído de las estrellas en el agua de la vida.

 

Cristiada. For Greater Glory

La fuerza que tuvieron los acontecimientos vividos en México desde 1926 a 1929, durante la Guerra Cristera, resulta inmensurable. Pero la adaptación de esos hechos reales en el filme de Dean Wright ayuda a acercarnos a la conmovedora acción de muchas personas que –para cierto sector de la sociedad- pasaron al olvido. Se trata de la lucha del pueblo llano de México, que tras la supresión de la libertad de culto y el comienzo de una persecución sangrienta de católicos, decidió oponerse también aunque no sólo con las armas ante la encarnizada general. El modo de oponerse fue diverso y, como también se pone de manifiesto en la gran película La Misión (Joffé, 1986), movió a la duda de conciencia y a los consabidos y necesarios matices morales, tal y como se presenta en Cristiada a través de un protagonista coral muy rico.

Para esta empresa de carácter épico, el filme cuenta con un elenco de altura, empezando por uno de los personajes principales, Andy García en el papel de Enrique Gorostieta. Resulta interesante saber que el propio García ha manifestado en alguna entrevista que la razón por la cual decidió aceptar el papel fue “llevar al mundo un hecho real, en el que se peleó por la libertad”. Y en esa misma sintonía de pensamiento se mueven las interpretaciones de Eva Longoria, Peter O’Toole, Eduardo Verástegui u Oscar Isaac. Éste último interpreta a un personaje revelador, “el 14”, pseudónimo adquirido por el número de los asesinados en una sola refriega. Pues su participación en la lucha, como la de otros tantos, incluida la de Gorostieta, no procedía tanto de una fe profunda cuanto que de una reivindicación honesta ante la injusticia. Por ese camino, ambos, “el 14” y Gorostieta (y otros anónimos quizá) acaban adquiriendo la fe en Cristo.

De otro lado, está la conmovedora historia de los mártires de la guerra Cristera. En este lado, el filme cuenta a través de un guión muy orquestado el testimonio de fe de un niño llamado José Sánchez del Río, ahora beato. Y en ese sentido, anima contemplar la grandeza de un alma tan joven, tan sólo de 13 años, a la que la película ha querido elogiar sin aspavientos ni sentimentalismos baratos. Sólo desde el relato de lo que hizo e hizo muy bien.


El toque Lubitsch

Una bitácora para el pensamiento, en general y en concreto, y el análisis y crítica de la ficción cinematográfica y televisiva.