Sin belleza y cortos

Quizá no sea una casualidad que el público español mire con reticencia, en general, al cine español. Los números hablan. Por supuesto, siempre cabe encontrar excepciones a la regla: es decir, directores que, como Juan Antonio Bayona, Isabel Coixet o Daniel Monzón, por ejemplo, se están concentrando mucho en contar buenas historias y hacerlo muy bien. Y el público lo sabe y no tiene ningún problema en valorarlo.

El lamento, sin embargo, viene tras el visionado de algunos cortometrajes que compiten este año por el Goya y, en concreto, uno de ellos también por el Óscar: Timecode. Evito dar el nombre de los otros por no convertirlos en cabeza de turco, pues son decepcionantes; simplemente confirman una tendencia generalizada en temáticas, estéticas del mal y visiones del mundo que deprimirían al más pintado. Y de eso va esta reflexión. Es cierto que Timecode, de Juanjo Giménez Peña, aún no llamando la atención especialmente ni por su factura, ni por su producción, cuenta una historia original. Quizá por eso haya atravesado el Atlántico. La pena es que no pase narrativamente de un efecto simbólico y se quede sólo en una sugerencia amable, en definitiva, en una anécdota. Al menos, la historia es delicada y muestra cómo la belleza nace incluso en un parking vulgar, si las personas están dispuestas a admirar las cosas pequeñas y a dar de sí. Ése es el gran hallazgo de Timecode.

Pero frente a este corto se oponen obras que combaten abiertamente la posibilidad de belleza, como si se tratara de una cruzada amarga contra la esperanza, el bien…A los que hay que dar la batalla. Y aquí es donde pierden su cualidad poética para convertirse en piezas antipoéticas. ¿Acaso ya no existen los poetas de lo prosaico, una tradición muy nuestra? ¿Acaso existe hoy un abismo insondable entre la representación del mal y hacerlo con gusto, ingenio y  humor? ¿Por qué el arte de contar historias en España se ha convertido en un arte irredento? ¿A qué se debe el afán desmesurado por reivindicar unas imágenes sociales chabacanas, groseras, desesperantes y feas que muestran un rostro marcado por la viruela, por pústulas incurables?, ¿Por qué persiste la manía de considerar que la auténtica España es una mescolanza entre lo tercermundista, una clase social falsa y opresora en un estado soez, que nos hace sentir indignos de vivir? Mal camino para el arte y para las personas.

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