La conquista del Oeste (1962)

Retomo un viejo clásico del western norteamericano. El filme destacó por varias razones. En primer lugar, y descendiendo a lo técnico, la película se rodó en un sistema técnico novedoso llamado “cinerama”, que consiste en la grabación simultánea de la imagen por tres cámaras. Este medio trajo algunas dificultades tanto de dirección de actores como de edición, pues había que indicar a qué cámara de las tres mirar para poder registrar la acción (y en esto no se podía fallar), y por otro lado, hubo que fundir las cintas de las tres cámaras evitando a toda costa que se notaran la “líneas” divisorias. Se preguntarán que por qué tanto esfuerzo. Por conquistar también el magnífico espacio en el que se produjo la expansión de los pioneros desde la costa este de los Estados Unidos hasta California. El resultado es prodigioso: pues el ojo ve una perspectiva inusual de casi 180º, fenómeno que no se da en la visión natural humana.

En segundo lugar, el filme fue dirigido por cuatro directores de reconocido prestigio y muy reputados como contadores del mito americano: Henry Hathaway, George Marshall, John Ford y Richard Thorpe. La película consta, en cambio, de cinco episodios: Los Ríos (situado en el año 1839); Las Llanuras (en 1851); La Guerra Civil (de 1861 a 1865); El Ferrocarril (de 1868) y Los Forajidos o “outlaws” (1889). Aunque la descripción de los temas parezca poco glamorosa, tiene un significado poético indiscutible: pues cada rótulo recoge sintéticamente qué marcó cada uno de los retos, etapas y momentos fundamentales el siglo XIX de los Estados Unidos. La expansión americana chocó con una naturaleza sin civilizar, salvaje; con un espacio amplio al que poner fronteras; con una guerra interna que pondría de manifiesto no sólo dos mentalidades y formas de entender la colonización sino de consolidar la unión y facilitar la madurez del país en ciernes; tuvo que habilitar obras de ingeniería y cooperación humana extraordinarias para comunicar un territorio vasto, si realmente quería no sólo soñar sino ser “un gran país”; por último, se consagró la raza de los fuera de la ley, formada por individuos que salpimentaban de terror, libertad sin límites y autonomía los desiertos pero también las instituciones. Para capítulo aparte.

En tercer lugar, este western es toda una obra de reafirmación de valores, de patriotismo y de nostalgia por los tiempos de novedad y esfuerzo en la creación de una nueva nación, así como de revisión de lo que suponía vivir al día, formar una familia, saber que Dios existe y que podemos (y debemos) contar con Él y que la vida política es eso, pura política. Para John Ford supuso estéticamente una oportunidad de traer de nuevo consigo a sus queridos John Wayne y Andy Devine, en medio de un episodio bélico que tenía que empezar con la imagen melancólica del gran Lincoln; y un emotivo momento para dejar espacio a uno de esos perros suyos que vagan sin “dirección” por sus películas. También para capítulo aparte.

 

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