Techo y comida

Según se mire, es una pena que una ciudad tan bella como Jerez de la Frontera quede marcada por la desdichada historia de un desahucio. También lo es que de sus plazas, monumentos, la alegría de sus gentes, el sol, el vino y los caballos nos ofrezcan sólo un trocito de calzada (con un permiso raquítico), una plaza arruinada y un piso destartalado. Según se mire, también puede ser justo. Pues la historia que cuenta Juan Miguel del Castillo azota a esa preciosa zona de Cádiz: el paro, la miseria y la desesperación. La pena, como digo, es que la hermosa Jerez haya servido sólo de contexto, de escenario para una tragedia. Puestos a banalizar, cualquier sitio habría servido como caja de cartón para las penas.

La narración está bien: concentrada, sintética y propia. Seguimos a una madre joven y soltera que tiene que sacar adelante a su hijito de 8 años. Está muy sola aunque una vecina generosa le ayuda de vez en cuando compartiendo su comida, regalándole objetos y preocupándose por ella. Rocío, la madre, sabe rezar y recibe cierto consuelo divino, mientras ve cómo, por impago, le cortan la luz; se queda sin agua o simplemente sólo puede ofrecer salchichas a su hijo, que empieza a sufrir los efectos de la malnutrición. Al menos, aún le queda la Seguridad Social –que es universal en España- y los servicios de Cáritas, a los que acude para alimentarse. No hay modo de arrancar ni siquiera unas horas de trabajo de limpieza: quiere trabajar pero no puede. Y ese es su drama. Mientras ella lucha, los dueños del piso también exigen lo suyo: tampoco andan bien de recursos. Y el espectador ya no sabe a quién compadecer. Porque de eso se trata, de compasión: cuánta dignidad se encuentra en un trabajo, con el que sacar adelante la vida de los seres queridos y la propia; con el que verse integrado en la sociedad; mantener la decencia; tener “techo y comida”.

Natalia de Molina hizo una excelente interpretación y la Academia se lo ha reconocido con el Goya a la mejor actriz. Ahora tan sólo queda que el director encuentre un futuro para esta familia (y cualquier otra) tan vulnerable en la campiña jerezana.

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