Un día perfecto

Después de veinte años, regresamos a los Balcanes, con distancia y mucha humanidad. Fernando León de Aranoa ha ganado el Goya al mejor guión adaptado, y con razón. Además de una excelente dirección, la historia es impecable porque está bien contada. Por fin, una narración llevada con sosiego, con las dosis adecuadas de conflicto, con diálogos que nos muestran el fondo y el modo de pensar de los personajes, con un espacio y un tiempo limitados como en toda buena síntesis dramática.

En primer lugar, la premisa es sencilla y potente a la vez: durante la guerra, han arrojado un cadáver a un pozo y un equipo de ayuda humanitaria necesita una cuerda para sacarlo y evitar que el pozo sea clausurado. La pobre gente está desabastecida. Sin embargo, la búsqueda de la cuerda se convierte en una tortuosa y desesperante aventura porque nadie quiere colaborar en la extracción del cuerpo: ni los habitantes, ni los cascos azules… En segundo lugar, también es un acierto que la historia se sostenga en más de una trama al hilo de la cuerda. Lejos de sofocar al espectador con el drama del pozo, León de Aranoa consigue lanzar un cabo de perplejidad en cada de uno de los personajes que se desgrana en sus deseos, motivaciones y que componen la red bien tejida de sus relaciones reales en la historia. Por ejemplo, Mambrú –interpretado por Benicio del Toro- quiere escapar de la guerra y sentar la cabeza fundando una familia convencional. Pero es un tipo con debilidades y lo sabe. Las cooperantes son un referente interesante en la representación de la guerra: frágiles, como mujeres en una situación extrema: humanitarias y reivindicativas, como buenas idealistas, al menos, cuando llegan a su primera misión. Tanto Mèlanie Thierry (en el lugar de la principiante) como Olga Kurylenko (en el de la despechada y cínica veterana) nos recuerdan que están allí por todas las formas en las que se manifiesta el amor. Para expresar la adicción a ese perfecto estado de necesidad, aventura y extremo, aparece el personaje de “B”, en manos de Tim Robbins: siempre es bueno que haya un outsider libre de compromisos para limar con humor las verdades que están ahí y nadie se atreve a mirar. Por último, es imprescindible que alguien asuma la función de intérprete. Las palabras tienen que significar siempre lo que significan.

Tomando prestadas algunas de las palabras del propio director, por la potencia de la historia, por el respeto hacia el espectador, en imágenes, narración y honestidad, “está película ha sumado” y mucho al cine, también al cine español.

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