Palmeras en la Nieve

La intensa campaña publicitaria y el constante marketing promocional de esta película no son elementos esenciales para dotarla de calidad. Un “producto” tan sui generis como un filme, sólo funciona si la historia es buena y está bien contada. Tampoco lo es el hecho de que la película se base en una novela exitosa de la escritora aragonesa Luz Gabás. En el trabajo de adaptación, en este caso, se han descuidado asuntos primordiales como el arranque, carente de fuerza como para sostener una de las dos tramas principales. Para complicar un poco más las cosas, la película está narrada en una doble estructura temporal: la del presente (menos interesante y más endeble en su construcción) y la del pasado (en esencia, un culebrón “fino”). Se habría agradecido mucho una secuencia de los acontecimientos más justificada y clara para evitar, entre otras cosas, la confusión del espectador. Pues, por la parte de telenovela que tiene la película, se exige al público la difícil tarea de adivinar qué sucede en omisiones de la trama y saltos del conflicto; de entender los parentescos entre los personajes, muy abundantes y muy parecidos (no obstante, la confusión lleva a que el público estreche lazos, charlando y comentando las dudas durante la acción…); de hacer un increíble esfuerzo por escudriñar en sus motivaciones, a veces, inverosímiles como las de la protagonista del presente, interpretada por Adriana Ugarte (La Señora, El tiempo entre costuras). Para colmo de males, la película está plagada de escenas tórridas que no vienen a cuento y que tienden a molestar como es lógico. Resulta penoso que se dedique tanto metraje a este recurso tan burdo e innecesario. Pero ahí está.

En el plano de los aciertos, destaca el equipo de actores. Salvando la interpretación suficiente de Mario Casas, los niveles de dramatismo y verosimilitud suben de la mano de Emilio Gutiérrez Cava, Berta Sánchez, Alain Hernández y Macarena García. Por lo demás, el entorno y la temática, tan inexplorados, son un filón que aún de explotarse convenientemente en la fábrica de historias. Probablemente gran parte del presupuesto se haya ido en el rodaje de unos paisajes bellísimos. En ese sentido, la película es “bonita de ver”. También es justo valorar el esfuerzo puesto en la dirección artística, muy cuidada y adecuada al período histórico. El contexto no deja de ser un telón de fondo. Tras el funeral de su padre, una joven decide ir a Guinea en busca de una historia no contada acerca de su tío. Esa historia tiene que ver con unos colonos españoles que se abrieron camino en Guinea Ecuatorial, haciéndose del lugar en todos los sentidos. Ha pesado más la harina del melodrama que la levadura de las costumbres y hechos de nuestros antepasados en África. Sin embargo, no deja de ser un melodrama en el que te ríes cuando tendrías que sufrir, donde se ha eliminado toda posibilidad de catarsis, si es que, en algún momento, se aspiró a producirla.

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