La vida secreta de Walter Mitty

Ben Stiller ha demostrado tener dotes notables para dirigir (y no sólo protagonizar) una película con historia. Basada en un relato corto de James Thurber de 1939, la idea fue llevada a la pantalla por primera vez en 1947, por Norman Z. McLeod e interpretada por Danny Kaye. Se diría que del argumento original, tanto la primera versión como la de Stiller conservan el carácter del personaje: Mitty es un tipo de vida gris que se evade de su frustración vital a través de ensoñaciones. McLeod optó por convertir al soñador Mitty en un editor de revistas Pulp, quien ante la aparición de una mujer misteriosa acaba viviendo una verdadera aventura con los nazis.

El relato de Stiller da dos pasos muy interesantes en su remake: el primero es que sitúa a Walter Mitty en el contexto actual de la “transición” de la revista Life a la edición digital. Y el segundo es que son dos los personajes que rescatan a Mitty de su cautiverio mental: una compañera de la revista y el fotográfo más afamado de Life, su héroe Sean O’Connell. Que el contexto sea la transición al mundo digital de una revista como Life no es peccata minuta: la elección se convierte en un ejemplo claro de cómo las nuevas tecnologías han cambiado y cambiarán aún más nuestro mundo. En especial, las relaciones entre las personas. El Periodismo, siempre vivaz entre el romanticismo y la reivindicación social y política, es de momento un naufrago en las aguas de lo digital, lugar donde, sin ir más lejos, se devalúa la pieza auténtica de un negativo fotográfico. Mientras que lo analógico genera límites, lo digital es el reino de lo ilimitado. En la película, Mitty, como jefe de archivo de negativos fotográficos, es el encargado de tratar la fotografía de O’Connell que será portada en la última edición en papel de la revista. Pero el negativo ha desaparecido. Y eso pone en acción a Mitty, que viajará en busca de O’Conell para recuperarlo. En su viaje extraordinario a Groenlandia, Islandia y Afganistán, Mitty se inspira gracias al espíritu de su amada Sheryl, espontánea y ajena al falso mundo que se avecina. Y se encontrará con un auténtico artista: O’Conell.

Frente a lo ilusorio de una vida virtual (como la que el mismo Mitty tenía cuando soñaba despierto), se abre la puerta a la realidad vivida sin administrar, sin controlar. Real. O’Connell sabe que las cosas bellas raras veces se dejan ver y que por eso son especialmente bellas. Y esa consigna le hace estar más pendiente de la contemplación directa del mundo que de su cosificación, incluida la de las personas.

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