The Iron Horse

Tras impartir un Seminario de cine clásico sobre cinco westerns emblemáticos del gran maestro del cine John Ford, hoy rescato El caballo de hierro, producción del año 1924. La razón que hace única esta historia y otras tantas de Ford es que, pese a tratarse de “películas del Oeste”, están focalizadas desde una mirada singular: la de un católico. Pudiera decirse que hablan de los efectos de la fe sin tratar de la fe como tema; sin la recurrencia –ora, ritual, ora, cultural- a los signos religiosos como prueba única de ese “religare” salvífico que, a veces, establecemos las personas con la Persona. Por ello, merece la pena considerar qué hay detrás de las apariencias de un relato épico sobre la construcción del ferrocarril, el símbolo de la llegada de la civilización y de la democracia en América.

El filme arranca con la pequeña historia –solía ser predilección de Ford narrar lo grande a través de lo pequeño- de un par de pioneros que deciden adentrarse en las tierras salvajes en busca de nuevas oportunidades. Frente al cálculo de los empresarios, estos pioneros se enfrentan a riesgos reales: la amenaza y el ataque de los indios. Después y sólo después de que los primeros aventureros transitan el desierto con sus desfiladeros, entonces llegan los empresarios, dispuestos a sacar rédito inmediato del nuevo status quo. Ésta es el argumento. En cambio, el relato se detiene con suma delicadeza en algunos aspectos que, en el tratamiento, manifiestan esa mirada genuina del cristiano: la de la compasión y la capacidad de admirarse ante la belleza. Los elementos de la contemplación son tan materiales como la llanura y tan inmateriales como la virtud. En el primer caso, la consideración fordiana del espacio es casi sacramental, pues aparece como una donación vivificante que despierta en los hombres su religiosidad y que llega incluso a permitirle ejercitarla en el balbuceo de una oración torpe. Pero en el segundo de los casos, Ford llega al culmen de esa contemplación desde el respeto profundo por la verdad de cada persona, al recrearse en la belleza de las relaciones humanas cuando nos tratamos bien. Y también, como es de esperar, al mostrar la verdad de la mentira, descubriéndola del velo del engaño. La opción está clara: fomentar lo bello y disfrutar de lo bello. No nos queda otra.

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