Archivos para 19 noviembre 2013

Kon-Tiki

En esta ficción se rememora la gran expedición marítima acometida por el etnógrafo y explorador noruego Thor Heyerdahl, en 1947. Con el fin de demostrar la hipótesis -fraguada durante años de convivencia en islas de la Polinesia- que pudieron ser habitantes de sudamérica los pobladores de la Polinesia y no gentes venidas de Asia, Heyerdahl y cinco exploradores más se lanzaron a una aventura increíble que consistió en construir una balsa de madera con los medios más cercanos a los de la época pre-colombina y navegar desde Perú hasta la Polinesia recorriendo 8.000 kilómetros. Sólo contaban con un radiotransmisor que funcionaba muy ocasionalmente y con el cual pretendían informar de su posición al resto del mundo. Además disponían de pocos víveres, pues, en esencia, se alimentaban de lo que les proporcionaba el mar.

El filme se recrea en lo terrible del espectáculo del océano, con sus maravillas y peligros, como ya se contemplaran en La vida de Pi (Lee, 2012). La particularidad, en este caso, está en que la película de Joaquim Rønning parte de dos documentos bastantes anteriores a los del filme de Ang Lee: un documental histórico y el libro de Heyerdahl. En primer lugar, el documental pone base al ambiente, las peripecias y la autenticidad de los acontecimientos contados en el relato. Por el documental, Heyerdahl recibió un Óscar de la Academia en 1951. Y en segundo lugar, las memorias de Heyerdahl, con sus propuestas, intenciones y afanes, ofrecen una perspectiva existencial de la expedición, sólo comprensible a los ojos de una mentalidad soñadora. A través de un argumento bien llevado y un guión correcto, con ritmo y emoción se rescata una expedición de vital importancia realizada en pleno siglo XX. Pues, en realidad, lo que se pone manifiesto es la necesidad congénita del hombre por la aventura. Esta necesidad es la que, sin satisfacer, ahoga a muchos en el vaso de una vida sistematizada. Por encima de la mera intensidad, tan ansiada para sentirnos vivos, encarar los riesgos de una empresa y superar obstáculos que nos ponen en la tesitura de poder perder la vida dan a esta última mucho sentido. El filme pone de manifiesto la tenacidad, la fe y el valor -rayano en la locura- de los seis expedicionarios, en especial, de Heyerdahl, quien tuvo la idea feliz. El éxito de la expedición es un éxito más para animarnos a emprender. Con riesgos, claro.

The Iron Horse

Tras impartir un Seminario de cine clásico sobre cinco westerns emblemáticos del gran maestro del cine John Ford, hoy rescato El caballo de hierro, producción del año 1924. La razón que hace única esta historia y otras tantas de Ford es que, pese a tratarse de “películas del Oeste”, están focalizadas desde una mirada singular: la de un católico. Pudiera decirse que hablan de los efectos de la fe sin tratar de la fe como tema; sin la recurrencia –ora, ritual, ora, cultural- a los signos religiosos como prueba única de ese “religare” salvífico que, a veces, establecemos las personas con la Persona. Por ello, merece la pena considerar qué hay detrás de las apariencias de un relato épico sobre la construcción del ferrocarril, el símbolo de la llegada de la civilización y de la democracia en América.

El filme arranca con la pequeña historia –solía ser predilección de Ford narrar lo grande a través de lo pequeño- de un par de pioneros que deciden adentrarse en las tierras salvajes en busca de nuevas oportunidades. Frente al cálculo de los empresarios, estos pioneros se enfrentan a riesgos reales: la amenaza y el ataque de los indios. Después y sólo después de que los primeros aventureros transitan el desierto con sus desfiladeros, entonces llegan los empresarios, dispuestos a sacar rédito inmediato del nuevo status quo. Ésta es el argumento. En cambio, el relato se detiene con suma delicadeza en algunos aspectos que, en el tratamiento, manifiestan esa mirada genuina del cristiano: la de la compasión y la capacidad de admirarse ante la belleza. Los elementos de la contemplación son tan materiales como la llanura y tan inmateriales como la virtud. En el primer caso, la consideración fordiana del espacio es casi sacramental, pues aparece como una donación vivificante que despierta en los hombres su religiosidad y que llega incluso a permitirle ejercitarla en el balbuceo de una oración torpe. Pero en el segundo de los casos, Ford llega al culmen de esa contemplación desde el respeto profundo por la verdad de cada persona, al recrearse en la belleza de las relaciones humanas cuando nos tratamos bien. Y también, como es de esperar, al mostrar la verdad de la mentira, descubriéndola del velo del engaño. La opción está clara: fomentar lo bello y disfrutar de lo bello. No nos queda otra.


El toque Lubitsch

Una bitácora para el pensamiento, en general y en concreto, y el análisis y crítica de la ficción cinematográfica y televisiva.