Un amigo para Frank

La superioridad poética de un filme gravita en torno a dos polos muy específicos: el guión y los actores. Más allá de estos dos elementos esenciales, el resto (producción, fotografía, banda sonora, dirección artística, efectos especiales) puede sumar y hacer que luzca más la historia. Pero nunca sustituir la necesidad de que se cuente una buena historia y la interpretación sea brillante. En estas dos exigencias irrenunciables, el primer largometraje de Jake Schreier ha superado las expectativas de una producción menor. Pues en principio y tratándose de una comedia suave, sólo cabe pasar un buen rato. Y nada más. Sin embargo, esta historia pequeña (trazada sobre un gran tema) adquiere vigor y fuerza conforme vemos que, tras la simpática proyección de un futuro cercano en el que convivimos con robots y otros utensilios androides, hay toda una inmensa reflexión sobre el papel de la memoria en el santuario de la identidad personal.

A ello ha contribuido la convincente participación de los actores, en particular, la extraordinaria de Frank Langella. En su papel de anciano solitario, Langella nos acerca a la situación de un padre que empieza a ser una carga para sus hijos, tanto por su carácter indómito e independiente como porque, todo hay que decirlo, se empieza a desorientar en el día a día. Sólo conoce el camino entre su casa y la biblioteca municipal, lugar donde encuentra la comprensión de la bibliotecaria (en manos de Susan Sarandon) y se reconoce entre los libros. Ese es su mundo. Un poco por desesperación, otro poco porque los tiempos lo dictan así, su hijo Hunter le regala un robot programado tanto para asistirle en las tareas domésticas como para mejorar su estado de salud. De la reticencia a aceptar una ayuda mecanizada y “antihumana” por parte del robot Frank pasará a disfrutar de una amistad muy especial con el robot.

Ambos personajes, Frank y el robot se proyectan el uno en el otro como si se vaciaran en un espejo mutuo. Quienes son y de qué depende su identidad será finalmente una cuestión de memoria, de recuerdos y de esfuerzos por recordar. Por fortuna, también algunos aspectos de nuestra memoria personal quedan depositados en los otros gracias a las relaciones de nuestra vida. Tan difícil de recoger, tan difícil de medir. Así surge una historia que, además de profunda, genera cierta esperanza respecto de la posibilidad de producción en una industria cinematográfica feroz; a resultas de todo esto sería como una demostración de que con menos a veces se puede más.

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