Lincoln

Para John Ford fue Abe, el joven Lincoln, el que atrajo su mirada. Pues quiso contar la forja del futuro mito americano. Supo privarnos así de las rugosidades propias de la vida política. Steven Spielberg ha querido en cambio contar los últimos meses de vida de Lincoln: cómo consiguió la adhesión de la mayor parte del Congreso para abolir la esclavitud en Estados Unidos. No es tarde para reconsiderar con ojos postmodernos la gran hazaña de Lincoln. Sin embargo, los amantes del mito han de estar advertidos de la contradicción que supone ver que “el hombre más puro y honrado que ha dado América” urdió una trama de corrupción política por un fin bueno. Es decir, que cumplió aquello de que el fin justifica los medios.

El filme se presenta como una producción definitiva. Y por ello, cuenta quizá con uno de los mejores repartos de secundarios y extras vistos en las últimas décadas. En esto Spielberg ha conseguido ser un poco fordiano. La recreación del ambiente -aunque con pocos escenarios- resulta real y convincente. Tanto que la experiencia es como darse un paseo por los viejos retratos de la Historia. Inmejorable. A riesgo de ser un poco purista, se lamenta que el gran esfuerzo de Daniel Day-Lewis por encarnar a Lincoln dé como resultado una interpretación autoconsciente, en ocasiones, que nos recuerda que está actuando.

Mientras el gran maestro Ford contemplaba con emoción contenida las pequeñas bellezas de la vida cotidiana de un abogado de Illionis (en manos de Henry Fonda), el gran efectista Spielberg recrea a un padre entregado a su hijo pequeño reproduciendo tópicos manidos, sin que salte en ningún momento la lágrima de la verdad. El escenario de la Guerra de Secesión impone el cariz más feroz del acontecimiento narrado: conseguir la paz con los confederados y aprobar una enmienda histórica. Por ello, la gravedad de la política real se hace explícita. Cómo convencer a un conjunto de hombres dispersos (y crueles) en sus sentimientos, tradiciones, convicciones y visiones del mundo con un único nexo en común: el amor a la Unión democrática. Y a la Ley. 

 

 

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