El capital

Quizá no sea una película redonda en el sentido narrativo; ni por ello consiga la ansiada catarsis de los clásicos. Pero tiene un planteamiento descarado que renueva el interés por pensar los mismos argumentos de siempre, sobre los frutos inmorales del dinero. Costa-Gavras adapta la novela homónima de Osmont en un filme que traslada los impulsos agresivos bursátiles de los Estados Unidos a Europa, el frontón necesario para golpear la bola. Y así intenta recrear los procesos del alma humana en su descenso por la ambición.

Para ello, cuenta la historia de un joven financiero, muy  prometedor, que trabaja para un banco de sede en París, en nuestros días. Aprovechando la brecha que le abre la enfermedad grave de su jefe, consigue sustituirle como director. Y a partir de ahí, se plantea desafiar a los grandes grupos de inversión a alto riesgo para ganar cada día más “dinero a los pobres y dárselo a los ricos”. Esta perversión del mito de Robin Hood está bien traída pues no es sino una muestra de un cambio social consentido.

El relato cae sin esfuerzos en ciertas exageraciones que lo hacen un poco artificial e inverosímil. Más allá de los tópicos sobre la avaricia que el sr. Tourneuil representa, lo significativo de la historia pasa por cinco niveles de entramado que coinciden con cinco fuentes de tentación, diríamos, nada despreciables. Todas sesgadas por un hedonismo feroz (y camuflado). En primer lugar, aparece el dinero y el juego de querer más y más por el mero placer de obtenerlo. Tourneuil padece la fiebre de la eficacia, la astucia y la eficiencia en su trabajo y ello, en sentido estricto, lo hace peligroso. De esa competencia admirable nace la más pringosa de las tentaciones (quizá la menos importante en un orden real): la lujuria. Aunque felizmente casado, Tourneuil se obsesiona con poseer a otra mujer y sólo descansa hasta que la posee. A la vez, se arroja a los brazos de la soberbia, que le incita a desear más poder, también por solazarse. A ello contribuye el coro de personajes que le rinden pleitesía (pues un poder sin nadie no es poder), al que trata sin escrúpulos. El desprecio a los demás, y en especial, a su familia, que representa lo poco que le queda de su identidad, es otra de las tentaciones a la que sucumbe Tourneuil para terminar con la tentación de la autojustificación más grave: las relaciones marcadas por el posibilismo. Ésas que están teñidas de una crueldad muy sutil que consiste en exponer a los demás a nuestro más rotundo egoísmo. Volverse posibilista, viene a decir la historia, no es tanto como ser un criminal  pero sí tanto como ser malvado. La Nada.

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Una bitácora para el pensamiento, en general y en concreto, y el análisis y crítica de la ficción cinematográfica y televisiva.

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