Mátalos suavemente

En cierto sentido no se puede decir que se trate de una película edificante. No en la medida en que gran parte del público puede sentirse molesto por el lenguaje soez y brutal que usan los protagonistas de esta historia y quizá, porqué no, también por la violencia explícita de la que participa gran parte de la acción o las escenas de consumo de drogas. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el filme es iluminador. Y la historia está bien contada. El relato es una adaptación de la novela Cogan’s Trade de G. V. Higgins, escrita en 1974, que narra la vida enredada de un matón a sueldo de la mafia norteamericana, el mismo asesino despiadado que interpreta Brad Pitt en el filme de Andrew Dominik. Como contexto reinterpretado más cercano a nuestra actualidad, Dominik escoge el duelo político entre Barack Obama y John McCain en 2008. De hecho este telón de fondo arroja durante todo el metraje el mensaje político de “Yes, we can” en contrapunto irónico con el mundo que nos presenta Dominik en su historia.

Dos delincuentes de poca monta asaltan una timba de póker que controla la mafia italoamericana. A partir de ahí y como escarmiento al organizador de la timba, un reconocido estafador, los capos contratan a un asesino llamado Cogan para que limpie el escenario de culpables y no culpables. Pues el punto de vista de la gente pesa ahí más que la verdad de las cosas. En lo sucesivo, y porque a Cogan les gusta “matarlos suavemente, sin sentimientos”, se desencadena una ola de asesinatos en tiempo real y sin elipsis que definen el grado de maldad de los personajes, como hacen Quentin Tarantino o los Coen pero sin trampas. Como si se quisiera atrapar la violencia y retratarla en su origen, el rodaje de las escenas de crimen (y los efectos de bala) recuerda el estilo retardado del maestro del western crepuscular Sam Peckinpah. En el relato todos son “malos”, por ello el antagonista es el menos malo de todos y quizá esta gracia del guión explique bien que tanto en la vida como en la ficción no cabe el maniqueísmo.

La podredumbre de este mundo encarnada en un puñado de hombres asusta. Asusta porque mientras los niños van al cole, Obama vende un mensaje de confianza, un padre de familia cultiva su jardín, o una madre hace la compra tranquilamente, a la vez, y no tan desconectados de ese mundo “feliz”, a través de los pequeños y grandes vicios, emerge el mundo de las personas que se han abandonado ya al rencor absoluto, se han instalado cómodamente en el odio, la ambición y la lujuria, lamentándose a veces de no poder escapar de ese mundo, y de que “estamos solos”, muy solos, sin ayuda. Por eso, al final del camino, el cinismo de Cogan le hace exclamar: “Esto no es un país, es un negocio. Así que paga”.

 

 

 

 

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