El irlandés

Con este filme se recupera el espíritu de la frontera, algo así como el origen y el fin del personaje denominado como “fuera de la ley” (outlaw) que recorría los westerns clásicos. En especial, los de John Ford. La peculiaridad de este personaje, a veces, el sheriff, era que servía al orden público pero con la incapacidad de someterse por entero al imperio del sistema. Su Ley superaba a la ley establecida ora debilitada, ora corrompida por las veleidades de tantos. Sin ser villano, violaba la ley y sin ser héroe, se sacrificaba por el Bien común en el anonimato. Se trataba de un perfecto antihéroe -según las convenciones- o de un autentico héroe -según la Justicia poética. No perseguía ni recibía recompensa.

John Michael MacDonagh ha dirigido y escrito un western irlandés, cuyo protagonista representa, con el actual toque de desengaño, esta épica de la Justicia en clave de humor negro. Aquí se cuenta la historia de un guardia rural, el sargento de policía Gerry Boyle, cuyos hábitos profesionales y carácter “inesperado” resultan incómodos para el resto de los policías, desde luego más institucionalizados, cínicos y convencionales que él. Boyle choca con la aparente legalidad de sus colegas porque confía en una Ley superior. En cambio, no se deja sobornar ni acobardar por los delincuentes ni por sus jefes, a los que considera en su mayoría engreídos y mentirosos. Incómodo en el sistema y desmotivado en su vida personal, sin mujer, ni hijos, tan sólo una anciana madre enferma, Boyle no tiene nada que perder. Resulta impertinente por su franqueza y descarado por su actitud desafiante. Se conmueve con las buenas personas: su madre y una viuda. Y la visión limpia con la que estudia el mundo le hace especialmente eficaz en su trabajo, peligroso para todos los que no quieren que las cosas cambien, ni siquiera quieren que cambie el mal.

La película es rotunda. Tiene pocos personajes aunque muy contundentes y bien caracterizados. Destacan, en especial, el fotógrafo que recuerda a los periodistas del western, con su toque amarillista y descarnado, siempre a punto en la escena del crimen; el chico “loco”, un alma solitaria, que, con su perro y bicicleta, ofrece pistas sabrosas a Boyle; tres delincuentes que filosofan mientras ejecutan sus crímenes, con la torpeza del que no sabe que los malos siempre pierden y un jefe negro que hace de contrapunto y amigo de Boyle. Sencillamente geniales. En ocasiones el filme presenta un ritmo lento, más parecido al tiempo real que al cinematográfico, que dota al relato de cierta melancolía. No parece casual que se desarrolle en Irlanda; y que, en concreto, se haya escogido como ambientación el condado de Connemara (que en gaélico significa “del Mar”). Sus gentes todavía hoy hablan irlandés y presentan hostilidad al extranjero; se comportan con excentricidad y, al margen de las novedades, no temen a nadie más que al Cielo.

 

 

 

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