El cine mudo

Con ocasión del éxito rotundo de The Artist en la ceremonia de los Óscar de la Academia, me gustaría hacer una breve reflexión acerca de la pureza e importancia del cine mudo. Esta vuelta tardía a los orígenes supone un reto de valor incalculable para el director que lo supere. Pues, no nos engañemos, en esencia, el sonido siempre fue un hermano espurio y comodón para el relato cinematográfico. Es decir, la incapacidad técnica con la que nace el cine es una virtud expresiva en toda regla y no una tara. Los directores primitivos, como John Ford, se concentraron en ofrecer un relato comprensible básicamente a través de los dos elementos clásicos: la imagen y el movimiento. Y estos dos recursos materiales explican, a su vez, el triángulo de la configuración fílmica: la acción de los personajes, la composición escénica y el montaje.

En el cine mudo rara vez se buscaron atajos. Los carteles intercalados no restaban poesía a la contemplación de las escenas. Antes bien, enfatizaban el valor escondido en ellas. El sonido, en cambio, abrió la puerta a la reiteración y, en ocasiones, puso en evidencia la falta de creatividad de los creadores, haciendo de los diálogos un recurso fácil con el que manifestar opiniones, sentimientos o intenciones, incapaces de encontrar un símbolo con el que concentrarlas. No es casualidad que los directores formados en la etapa muda siempre hayan tenido una especial obsesión con la belleza de los paisajes y la rotundidad de las formas. Y hayan continuado haciendo cine mudo en la era sonora. La expresión plástica de un desfiladero, del desierto, de la ciudad, vivida en su bullicio, de la cara de un niño triste ante la muerte de su padre, el indio en su dignidad de dueño de la tierra, recortado en el horizonte, o la sonrisa de una madre ante el regreso de su hijo tras la guerra son algo más que un contexto para la acción. Adquieren, a mi entender, el poderío del significado oculto. Revelan el difícil lenguaje de las emociones y la relación que los hombres establecemos con el Mundo, que abandona así su condición material.

En términos de contradicción: la belleza es elocuente y silente. Por ello, al reencuentro feliz con el cine mudo podemos agradecerle una peculiar reconciliación con nuestra vida interior. Ésta crece en proporciones inestimables en un diálogo callado con la imagen.

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Una bitácora para el pensamiento, en general y en concreto, y el análisis y crítica de la ficción cinematográfica y televisiva.

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