J. Edgar

 

J. Edgar Hoover, principal director del FBI (Federal Bureau of Investigation), es una figura históricamente controvertida por sus procedimientos profesionales y por haberse mantenido en la oficina de información durante el mandato de siete presidentes en los Estados Unidos. Quizá sea la peculiar manera de sobrevivir al poder y los abundantes gestos extravagantes de Hoover los que convencieron a Eastwood para contar su biografía. Y no le falta razón ante el descubrimiento de una buena historia que contar: la que atañe a la relación entre el configuración carismática del FBI en su época dorada y la personalidad de Edgar Hoover. Pero el guión ha conseguido que el proyecto no rebase la mediocridad, una lamentable e imperdonable mediocridad. 

De nuevo, se acusa la falta de enfoque sobre la historia y personaje elegidos. El problema principal nace de haber convertido a Hoover (interpretado por Leonardo di Caprio) en protagonista legítimo del filme y no, en objeto de observación a través de un personaje menor, a través del cual asistir al espectáculo de una vida, en buena parte, viciada. El filme tampoco consigue -porque los hechos confirman lo contrario- revisar con buenos ojos la mala reputación de Hoover ni comprender el sentido de lo contado. Más bien sucede todo lo contrario: a las prácticas delictivas y desproporcionadas de la Agencia, los abusos de poder de Hoover y los abundantes esfuerzos de maquillaje comunicativo del FBI, Eastwood y su guionista suman el rumor no confirmado sobre la homosexualidad de Hoover en una suerte de causa de su práctica deshonesta en la profesión. No sin unos gramos de compasión ante los propósitos personales de Hoover, se aplaude con timidez la profesionalización del FBI con la instauración de departamentos legales y científicos.

Pero el haber entendido que la imagen depende del dominio de los Comunicación Pública y que la información es poder sí constituyen un verdadero tema para la película. Y Hoover se movió en esa esfera, no sin cierta megalomanía. Inició campañas de mejora del prestigio del FBI, a través de la prensa, la radio, la televisión y el cine y obtuvo además abundante información controvertida, en especial, sobre la vida sexual de las personas más importantes de cada época. Sin embargo, ese aspecto fascinante de la Historia apenas queda mostrado, quizá por el prejuicio de creer que el público mundial conocía ya los hechos de Hoover o quizá por la falta de documentación del guionista.

 

 

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