Moneyball. Rompiendo las reglas

Quién podría imaginar que una película sobre el mundo del baseball impusiera una reflexión tan aguda sobre la confianza y la teoría del rendimiento en la vida. No obstante, este filme de la factoría Sorkin se encuadra con corrección en el subgénero de la épica deportiva. Se trata de la historia reciente del manager de los Atlethics de Oakland, un equipo de baseball, cuya última trayectoria sobresale por marcar un récord atípico de partidos ganados en temporada. La razón inusual de ese éxito ha de atribuirse al protagonista histórico de esta biografía: Billy Beane. El exjugador de baseball y manager del citado equipo cae en manos de Brad Pitt, un actor que cada vez sorprende más por la madurez y acierto de sus elecciones fílmicas.

Y la historia es, en apariencia, la de siempre: un equipo de segunda fila, perdedor y lastrado una y otra vez por un presupuesto irrisorio y un planteamiento conservador del trabajo sufre un nuevo impulso gracias a una decisión arriesgada. Su manager, Beane, decide aplicar un nuevo método: usar unas estadísticas científicas acerca del rendimiento personal de cada jugador en la alienación y fichaje del equipo. Para poner en práctica tal empresa, contraria en apariencia a la ley de la intuición, Beane se ve apoyado por un joven talento salido de la Facultad de Económicas de Yale, un tal Peter Brand que se convierte en el cerebro y mano derecha de Beane, ante una tormenta de incomprensión. Pues antes del éxito acudirán, como ingrediente para el desaliento, los obstáculos con la plantilla, el entrenador y la convicción personal. Todos estos elementos dramáticos muy bien llevados en el filme sólo son la prueba real de que para triunfar hay que corregir y corregirse, como bien dicen los buenos maestros.

El hecho es que la política del riesgo y del cambio también necesita gente valiente detrás, como Beane-Brand. Este binomio de personajes son el eje que articula la película: la fuerza y la razón. Y si alguna virtud común demuestran tener estos dos personajes -símbolos del país de la Libertad- es esa magnánima amplitud de miras para emprender y confiar en el talento de las personas. Pues como bien explica la historia, la creatividad es la madre de la felicidad.

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