Sin identidad

En 1988 Roman Polanski producía Frenético, con Harrison Ford, como protagonista del filme. Se trataba de la historia de un médico que viaja a París acompañado de su mujer para asistir a una gran cumbre. En el aeropuerto, y por error, intercambiaba su maletín por el de un desconocido, con tan mala suerte de hacerse con un importante secreto militar que lleva al secuestro de su mujer, convertida así en rehén. El director español Jaume Collet-Serra ha podido tener muy presente este argumento, al menos, como inspiración para su último filme, pues, aunque obra adaptada de la novela de Didier Van Cauwelaert, recuerda demasiado a la historia de Polanski (lo niegue o no).

Para desgracia de Collet-Serra, su película no responde a las expectativas que propone con la premisa. Como ya es habitual (y quizá porque sólo se trata de un argumento para su venta a los productores), el tema de la historia y su argumento son muy interesantes: un matrimonio viaja a Berlín para asistir a una cumbre agro-alimentaria. El olvido de su maletín en el aeropuerto hace que el dr. Harris (el siempre cabizbajo Liam Neeson) tenga una accidente; entre en coma, y vea suplantada su identidad y re-matrimoniada a su mujer en cuatro días escasos. A partir de ahí, sin ayuda de las autoridades, perseguido y olvidado por su esposa, Harris busca demostrar que él es quien dice ser y saber qué ha sucedido realmente. Pero el desarrollo es inverosímil, simplón y está cargado de tópicos que “como perlas dadas a los cerdos” se convierten en topicazos. Tal es el caso de la trama del antiguo agente de la Stasi, Herr Jürgen, superviviente del comunismo, un cínico del sistema aunque aventajado en su capacidad para el espionaje. Este hilo de la historia es más un recurso nominal que un auténtico motivo para la intriga. Interpretado por el espléndido actor Bruno Ganz (lo recordarán, por ejemplo, por su papel de Hitler, en El hundimiento, 2004), la participación del agente contratado para ayudar a Harris se resuelve en dos giros mal llevados del guión, el verdadero culpable del desastre del filme, como también suele ser habitual.

Este thriller hace pensar en la impotencia ante la imposibilidad de demostrar quiénes somos si no tenemos nuestro documento de identidad para probarlo. Reducidos a un papel plastificado a efectos legales, sólo nuestros amigos y familiares pueden rescatarnos del anonimato con algo tan poco común ya como la buena fe. El problema está básicamente en que nadie nos conozca. Y que, como sucede en el relato, sea mejor que nadie sepa quiénes somos.

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