La Hermandad del Silencio. Recuerdos de la Semana Santa jerezana

Rescato hoy, con agradecimiento, víspera del viernes de Dolores, este relato de mi tío Miguel Ángel Gutiérrez Navarro. Y agradezco también a la Hermandad del Santísimo Crucifijo de la Salud y María Santísima de la Encarnación de la Parroquia de San Miguel de Jerez de la Frontera su nueva publicación. Cuando la fe se halla moribunda, y la esperanza se vuelve amarga, al hombre sólo le queda el consuelo de enjugar sus lágrimas.

“Faltaba algo más de media hora para la salida y ya estaba la Plaza de León XIII repleta de gentes. Turistas, curiosos, fieles, …Convocados todos por algo o por Alguien, no lo sé, pero si expectantes ante el acontecimiento que en breve se produciría. Se podía oír un fuerte murmullo que conforme se aproximaba la hora iba disminuyendo hasta que se oyó un chirrido, cual quejido, propio de una puerta voluminosa al abrirse de mucho tiempo sin usar y, de súbito, ¡¡el silencio se hizo total en la plaza!!

Así lo contaba alguien que el Viernes Santo de madrugada de 2010, en Jerez de la Frontera, se encontraba en Plaza de León XIII, esquina Santa Cecilia, esperando la salida del Santísimo Cristo de la Salud.

Cargado de emoción, decía: ‘Sin darme cuenta, de pronto, sentí que los vellos se me erizaban. Un escalofrío se apoderó de mí cuand las luces del alumbrado público se apagaron al tiempo de abrirse de par en par aquellas dos margníficas hojas de la puerta principal de la iglesia. Se hizo la oscuridad y no cundió el pánico como cabría esperar por algunos apretados en medio de aquella muchedumbre, ¡no!, más al contrario. Con un sepulcral y frío silencio, todos más quietos, esperábamos que algo ocurriese, algo que aunque conocido para unos, por muchas veces repetido, debía ser distinto en cada ocasión porque la expectación era total en los allí presentes.

Mirando alrededor, a fin de controlar una situación tan extraña para mí, corría en aumento aquel escalofrío corporal, porque el silencio era absoluto y como un solo cuerpo todos los presentes en la plaza participábamos de aquel rito, sin distinción de clase, cultura o credo. No sabría decir si era religioso, emocional o ¿qué? pero que estaba influyendo en mí era cierto. ¿Cómo se podía poner de acuerdo a tanta gente? Y ¡con sólo un gesto!

Pequeños sonidos de aquí y allá llegaban a mis oidos, sonidos que no hacían otra cosa qeu aumentar mi desconcierto ante tan colosal puesta en común entre quienes, quizás, algunos, por primera vez, se encontraban juntos en aquel lugar de concentración y probablemente guiados por razones muy dispares. Bajo el dintel de la céntrica puerta, punto de todas las miradas, (era la única fuente de luz) de pronto, como emanada de la oscuridad, aparece una cruz plateada arrastrando tras de sí una cohorte de penitentes. El silencio se hacía más intenso, destacando el firme caminar de la hilera de mortificados, roto sólo por los golpes autoritarios de unas metálicas varas que, algunos con su libre deambular, daban a su paso.

No sé cómo explicarlo, pero todo me pareció de un ¡orden! tan meticuloso que…Su exquisita ordenación, protocolaria, íntima y ceremonial, resultó en sí misma conmovedora sobrecogiéndome. De pronto, sorprendido, oí unas lejanas voces que, anárquicas e imperativas pero dichas con total seguridad, no arrancaron, extrañamente, palabra alguna de la muchedumbre. Pensé que serían propias de aquel acto. ¡Nadie mandó callar! Ahora, ya se oía el respirar. Las voces provenientes del interior de aquel monumental recinto se acompañaban de un coro de chasquidos con múltiples voces acompasado y unísono que de principio no podía explicar su fuente ni razón de ser. Se aclararon mis dudas cuando a mis espaldas, con un leve y respetuoso susurro alguien dijo:

-¿Oyes? El pisar de los cargadores. ¡Qué bonito suena aquí el arrastrar de las alpargatas! Silencio total y de pronto, con el aumento de aquellas voces de mando, en el centro de la puerta aparece, envuelto en una nube de tinieblas y aroma penetrante, una gran cruz, ocupándolo todo, el espacio y las emociones, sobre un montículo de flores de movimiento firme y seguro, con un Hombre clavado a ella y rodeado de unas luces de fuego que, de amarillo intenso como el oro, iban rompiendo la oscuridad. Aquel sisear, producido por los cargadores con sus pies, se apodera de la plaza y como queriendo explimir con su pisar aún más aquel silencio, en compás perfecto, el paso de los costaleros, la envolvían de misterio, agonía y recogimiento.

La plaza, el público, los penitentes y el majestuoso templo parecían estar allí sólo para acompañar a aquel Crucificado.

Miré hacia lo alto, atraído por los detalles de las doradas llamas en las potencias que la imagen del Crucificado portaba y me encontré con la figura del titular de aquella iglesia, San Miguel Arcángel. Desde su atalaya dominaba como nadie la situación y a su ademán de guardián del orden celestial atribuí tanta solemnidad en aquel acto.

Otra vez sobresaltado oigo que, ahora con potente y sonora voz, cantando se dirige a aquel Cristo un hombre. No sabía de dónde venía su voz, pero lo ocupaba todo y era pura y directa, sin ceremonial procesión. Perecería presuntuoso el pensar que aquél que cantaba lloraba de ese modo la pena de todos los allí presentes rindiendo homenaje y devoción a lo que el Hombre crucificado representaba, pero creo que así fue.

No sé, amigo mío, si esto es la religión. Pero de lo que estoy seguro es de que a los sentimientos íntimos los toca y ¡de qué manera!

Quien o quienes organizan este evento deben ser personas intimistas y muy religiosas. Si su afán fue mostrarnos con respeto y devoción a su Dios introduciéndonos en los profundos sentimientos religiosos que todos podemos tener ante la entrega del Hombre por el hombre, en esta ocasión lo consiguieron. He de suponer que detrás de todo ello también les asiste la tolerancia, el respeto y el amor a la humanidad que aparentan.

Con mi agradecimiento, tu amigo, Miguel Ángel Gutiérrez Navarro”.

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