De dioses y hombres

Después de algunos grandes títulos cinematográficos de la temporada pre-óscar, parecía imposible hallar ninguna otra pieza fascinante. Pero no ha sido así, por fortuna. El filme de Beauvois es sencillamente una obra maestra. Por la temática y el argumento, la historia presenta una fuerza irresistible. Se cuentan los sucesos trágicos vividos (-desde 1993 a 1996 en Thibirine-) por los monjes trapenses franceses de una comunidad perdida en medio del Atlas argelino y sacudida por los atentados de los fundamentalistas islámicos. En torno a la vida cotidiana de los monjes, en el Monasterio de Nuestra Señora del Atlas, encontramos la red de relaciones personales y laborales con las familias musulmanas que tan pacíficamente han tejido con su dedicación y amor estos fieles entregados.

La realidad social e internacional del contexto de la historia se entrecruza no sólo como un mero dato histórico. Pues de ella surgen las respuestas personales que constituyen el foco de interés humano y dramático de la historia. Ante la amenaza real de perder la vida, se plantea cuál es la respuesta de un cristiano. Pues se trata de una encrucijada en la que cada uno responde de sí con su conciencia. Sin sustituciones. El filme recorre cada una de las inquietudes, pesares, dudas, pensamientos, grandezas y sentimientos de los monjes desde los primeros atentados y amenazas hasta su secuestro. Gracias a la interpretación de los actores (conmueve especialmente la de Jacques Herlin, en el papel del monje más longevo), la credibilidad de esas vidas no se abandona a la técnica del guión, sino al carácter en sí. A haber entendido radicalmente qué pasó en Thibirine.

Al hilo del camino que recorren los personajes hasta decidir “estar con ellos y compartir su vida”, declara Jean Pierre Schumacher, uno de los dos supervivientes de la masacre, surgen los dos grandes temas de la historia: en el plano del mundo, el de la convivencia entre las religiones y, en el del Cielo, el del sentido de la Cruz de Jesucristo. Según el testimonio de los monjes, esa “buena relación” se construye sobre la firmeza del conocimiento mutuo y el diálogo honesto, recomendaciones que recorren la historia de la teología cristiana; pero sin la mansedumbre y la misericordia que sólo vienen de Dios, recuerdan los mártires de Thibirine, tal mirada y tal actitud son imposibles. Sobre el Cielo, no tengo palabras.

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