Vivir para siempre

El director de cine Gustavo Ron ha tenido la valentía y el vigor necesarios para embarcarse en una película políticamente incorrecta. Los términos en los que defino esa incorrección son, en primer lugar, que el filme trata del cáncer, un tema tabú, por tratarse de una enfermedad terrible, aún indómita clínicamente hablando y, en segundo lugar, que la actitud que suele acompañar a su padecimiento, en según qué personas y filmes, es el resultado fatal de una combinación siniestra entre el victimismo y la desesperanza, si es que no son lo mismo. Y sin embargo, Ron escoge la esperanza para acercarse al drama.

Después de su primer largometraje, un trabajo notable como Mia Sarah (2006), Ron ha madurado llamativamente en el oficio. Seducido por la frescura de la industria británica, donde los prejuicios del sector -que los hay- son distintos a los asfixiantes del mercado español, este antiguo alumno de la Universidad de Navarra (si me permiten subrayarlo) ha logrado adaptar la novela de Sally Nichols (Ways to live forever) en clave optimista. Se trata del relato del diario de un niño de 12 años llamado Sam que padece leucemia y que decide, entre otras acciones, hacer un vídeo donde explica con sencillez quién es él, en qué consiste su enfermedad, cómo es su familia y, sobre todo, qué quiere hacer en su vida…

Ron entiende la historia como una obra de iniciación a la adolescencia entreverada por la radical existencia de un plazo: el protagonista sabe que va a morir. Pero no es difícil de entender que, tras un argumento concreto centrado en el paso de la niñez a la adolescencia, y en este caso, se abra toda una propuesta sobre cómo vivir mejor o cómo aprender a vivir. Esta película aporta “cierto sentido de esperanza en el peor de los momentos”, dice Ben Chaplin, actor británico afamado que hace una interpretación más que valiosa del padre de Sam. Porque, además de querer mostrar la red del dolor que se teje en torno a una enfermedad; los caminos de sentido que han de recorrer los padres, hermanos, amigos y profesionales biosanitarios; y el jugueteo peligroso que se da con la entraña misma del sufrimiento (del que tampoco se ve exenta la película), Ron quiere decirnos algo bueno: importa la actitud, “la manera en que quieras vivir”. Ánimo con la siguiente.

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