Neds. No educados y delincuentes

El director escocés Peter Mullan parece haber estado muy atento a las razones que causan la violencia entre los adolescentes en su tercer filme. Y aunque el tema ha alcanzado por repetición la categoría de tópico, afortunadamente la versión personal de Mullan ofrece una perspectiva nueva para la comprensión de este drama juvenil. Recreada en un contexto muy particular como es el de los barrios obreros de la ciudad de Glasgow, la historia de John McGill pondera la influencia del entorno y las circunstancias sociales sobre la vida de una persona

El retrato de John no podría ser más exquisito: se trata de un niño significativo por su inteligencia y por la virtud con la que logra alcanzar la excelencia en todo lo que persigue. Con esa fiereza bondadosa, John ha de enfrentarse a dos cambios nada más concluir su tierna infancia: en primer lugar, el handicap de la mala fama adquirida por su hermano mayor en el colegio en donde se preparará para ir a la Universidad y, en segundo lugar, la presión social que ejercen sobre él las bandas juveniles. Las relaciones con su familia sostienen ambos cambios. En cierto sentido, su familia y él pretenden mantener una distancia de seguridad, a fin de salvaguardar el fructífero futuro de John, pero el odio creciente por su padre (ejemplo lamentable del maltrato) lo hará heredero de la misma violencia. Y el joven decide tomársela tan en serio como sus estudios.

Al principio, se trata de un mero flirteo morboso con el lado del vacile, el vandalismo, el sexo y las drogas, introducido en una banda de pandilleros que resultan ser, por representación, nada más y nada menos que unos cobardes. Entre líneas puede leerse que lo que estimula el juego del adolescente es estar permanentemente en el filo de la navaja pero procurando no cortarse. Salvo por error. McGuill quiere ir hasta el final: una amenaza de muerte es una promesa. Y aquí es donde la versión de Mullan resulta novedosa, pues destapa la verdadera naturaleza de la violencia a riesgo de resultar terrible por llegar a sus últimos presupuestos, los más trágicos posibles. Como indica Mullan, en la vida hay que tener valor y el valor no casa bien con las medianías.

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