Un buen corazón

La joya cinematográfica que nos ofrece Dagur Kári lo es en varios sentidos. En primer lugar, la sencillez con la que el director y guionista de la pieza muestra el crecimiento de una amistad verdadera, sin grandes pretensiones, envuelta en un ambiente discreto, cotidiano y velado –por su apariencia de vulgaridad- a esos ojos con los que miramos cuando somos superficiales. En segundo lugar, esta co-producción europea rompe prejuicios y establece juicios de verdad, dejando de un lado los tópicos manidos sobre la soledad y la mendicidad, y tomando como buenos los mitos que ha generado gran parte de la literatura sobre ellos.

En ese sentido, resulta de gran lirismo el arranque de la historia: al mostrarnos a un joven llamado Lucas e interpretado por Paul Dano (podría ser nuestro hijo, nieto, primo, sobrino, amigo…) que vive entre cartones en un estado de depresión aguda. Estar al borde de la muerte le conduce al encuentro con Jacques (Brian Cox), el dueño de un bar suburbial que sufre ataques al corazón en repetidas ocasiones, debido a su mala relación con las bebidas y el tabaco y, por qué no decirlo, también por su iracunda relación con las personas y el mundo. Entre la inocencia de Lucas y la franqueza de Jacques (ambas, parientes de la verdad) nace una estrecha sintonía que se materializa en la adopción de Lucas por Jacques. Este último quiere – y no le falta a la historia ni un ápice de humor- que el joven se curta en la pérdida de la bondad natural que le caracteriza. Maliciarlo es su misión. Pero la aparición simbólica de la “mujer” descuadra a los protagonistas: Jacques no la concibe en el mundo del bar y Lucas se enamora perdidamente de ella.

El conflicto trae lágrimas que ayudan al viejo “Scrooge” a limpiarse la mirada de las impurezas de su corazón putrefacto y miserable; pero, también produce en Lucas un efecto perverso y es el soplarle cierta astucia a su frágil inteligencia. En medio de este sencillo aunque profundo escenario de relaciones, la presencia de un ganso al que alimentan los miembros de la tribu del bar genera cierta inquietud e incluso una alegoría de sus dueños, a lo largo de la trama. El mundo suburbano y el paisaje de las gentes de vida gris cobran una dimensión única en este filme. Kári consigue lo que sólo logran los grandes: revelar la trascendencia de la persona común, y de su cordial circunstancia.

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