La niñera mágica y el Big Bang

Los niños son un público verdaderamente agradecido. Y bastante entendido en ficción. En la secuela de Nanny McPhee o La niñera mágica, Emma Thompson (guionista y actriz principal) baja el listón poético de su historia para reproducir los tópicos más exitosos de la película anterior. Sin tener en cuenta que la clave del éxito no reside en parecer bueno, sino en serlo, Thompson se queda en la anécdota. Las ventajas de atenerse a la rutina es que asegura los mínimos narrativos de la historia: un personaje convencional ante una problemática conocida, la de encauzar la vida familiar de alguna madre que está sola ante el peligro, la aparición de una misteriosa niñera que mejora con los niños hacen el bien. Las desventajas son, sin embargo, más pesadas porque el guión adolece de creatividad en el sentido de la novedad real y la historia pierde gracia, espontaneidad y humanidad. Deja de tener las entrañas abiertas a la inocencia a través de personajes irrepetibles, para jugar con estereotipos amorfos. Apena pensar en lo desaprovechados que están ciertos personajes, como los primos de los niños, cuyas historias guardan cierto halo de misterio.

El problema de las segundas partes de una película suele ser la primera parte. En este caso, Emma Thompson (y su equipo) se muestra autoconsciente ante el fenómeno infantil generado por la niñera McPhee. De ahí que en esta nueva entrega el personaje se limite exclusivamente a repetir el modelo anterior con mayor exageración (sabiendo dónde y cómo gusta); los niños que conforman la familia en apuros son irrelevantes; los problemas aparecen de manera anecdótica; en definitiva, no se cuenta una acción dramática completa. El adulto se queda insatisfecho por estas razones.

El niño se divierte, en cambio, por las acrobacias efectistas de la narración sin que le quede demasiado claro qué importancia tiene todo aquello. Niño y adulto disfrutan a la par de las piruetas extravagantes de la historia. No obstante, percibe que la magia del mito de “esa niñera mágica” se ha desvanecido, que ya no importa tanto cuáles sean las hermosas (por buenas) lecciones que toca aprender a los niños; ni cuál es el drama de una madre acuciada por las deudas, cuyo marido está en la guerra y cuyos hijos son incapaces de obedecer. Jugar con lo previsible no significa simplemente repetir un modelo; significa más bien hacer que el modelo no parezca repetido.

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