La hora de José Mota

Aprovecho para hacer una breve incursión crítica en la pantalla televisiva a la que normalmente no dedico espacio. Lejos de la amalgama de programas desaprovechados y variopintos que suscitan la crítica más enervada y que hoy nutren nuestra televisión, destaca notablemente La hora de José Mota. De entrada, está provocando la admiración –que no es poco, tratándose de la “tele”- quizá porque ha conseguido lo que sólo logran alcanzar los grandes del género: hacer reír con humor blanco. Lo fácil es ser provocador, escatológico o irreverente. Pero para jugar en esa lid ya están los programas del corazón. Lo fácil es sentarse a despellejar a las “celebridades”.

 El humorista manchego (al que recordarán por formar parte del dúo Cruz y Raya) está consiguiendo generar estereotipos con personajes amables y risibles por representar, en ocasiones, el “prototipo de español” castizo. Ese humor tan idiosincrático despierta un reconocimiento doble (que dirían los tratados sobre drama) pues, por un lado, consigue que conectemos con el “chip” cultural y por otro, que nos riamos de nuestros defectos viéndolos reflejados en el vecino, según el mismo Mota. A través de personajes como “El cansino histórico”, “El Tío La Vara”, “El aberroncho”, “Dices tú de mili” o sketches paródicos del presentador Larry King, El último superviviente, Cuarto milenio o Historia directo, el gran equipo que dirige Mota junto a Rodrigo Sopeña (también co-guionista y antiguo alumno de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, todo hay que decirlo) está generando un “humus” cultural interesante que está calando en el lenguaje común de la mano de expresiones tan absurdas como “hoy, no: mañaaaaana” o “Aberronchándose contra el rocaje vivo”. En fin, todo un mundo en común. 

Ahora bien, sin la interpretación de los magníficos actores de los que se rodea Mota, y sin los simpáticos “cameos” (aparición de famosos, según la jerga profesional) o la producción, toda esta gran tarea sería imposible. Por eso, a la profesionalidad y buen hacer se une un ambiente amistoso que el público capta con agradecimiento. Dicen que el humor es cultural. También se sabe que el buen humor empieza en la ironía. Pero a esto hay que aportarle la humildad suficiente de no tomarnos demasiado en serio.

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