El erizo

De la novela de Muriel Barbery -en la que se basa esta adaptación cinematográfica de Mona Achache- sólo he escuchado excelentes recomendaciones, avaladas sin duda por una lectura frenética de la obra de alcance mundial; en especial, traigo a colación la crítica de un caballero al que admiro quien sólo dijo de ella que “llenaba de esperanza” o algo similar. Cierto o no en la literatura, el filme juguetea con esa virtud tan escasa pese al punto de partida de la historia, a todas luces un acto de locura de resultados interesantes, si bien algo desaprovechada en los diálogos.

Los deseos suicidas de una niña parisina construyen el hilo narrativo de la película. Y un bloque de lujo de una calle de París, el hábitat cerrado de la historia. Presa de una familia acaudalada y de costumbres burguesas, Paloma (la niña) busca la manera de aliviar el sufrimiento que le producen a la par las neurosis de su madre y de su hermana mayor, y el pasotismo de su padre, un político de vida muy activa que relega a su familia al rincón más triste de su existencia. La peste occidental hace estragos en Paloma. La superficialidad y el egoísmo han producido demasiado dolor en la niña que sólo quiere morir. Agarrada a una cámara de vídeo doméstico, Paloma va descubriendo poco a poco quiénes son en realidad cada una de las personas que le rodean. En esa observación terapéutica, se topa con Renée, la portera, una mujer excepcional escondida en su apariencia hosca e insignificante. A ello se suma la llegada del último inquilino del bloque: un rico anciano japonés que se acercará a las dos almas sufrientes hasta despertar en ellas una autoestima llena de sentido. A partir de ahí, los días de Paloma cobran una dimensión atractiva y salvífica. Entre otras razones, porque acaba despertando a entender la dimensión trágica de la muerte que tanto anhelaba.

Si la esperanza tiene algo que ver con el “estar dispuesto a amar en todo momento”,  la vida -que se va sin avisar- cobra sentido en las manos de este filme. Pues la muerte -al menos tal y como está retratada en esta ficción de Achache- es un acontecimiento que ilumina los gestos más discretos y auténticos de la vida ordinaria. Ésa en donde sobrevivir se parece mucho a la oscura seguridad de las apariencias que agosta nuestra vida.

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Una bitácora para el pensamiento, en general y en concreto, y el análisis y crítica de la ficción cinematográfica y televisiva.

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