Si la cosa funciona

Es una cuestión de mínimos. Algo parecido a la astuta labor que ejerce nuestro sentido común, cuando se trata de pasar de puntillas por los temas que nos importan. El título de la nueva película de Woody Allen es la síntesis perfecta de la conformidad. Después de mil vueltas de tuerca (y mil conversaciones ocurrentes) sobre el sentido de nuestra existencia, Allen interpela literalmente al público una vez más con una comedia divertidísima acerca de su pésima visión del mundo. Resulta conmovedor descubrir que este longevo director aún sigue buscando y comunicando, aunque más cínico que nunca. La risa se vuelve ácida como el sabor de una manzana inmadura.

El planteamiento es el siguiente: un viejo científico divorciado (en manos del actor Larry David) se topa casualmente con una jovencita del Sur (en la actriz Evan Rachel Wood) que contrasta dramáticamente con él en todos los sentidos: frente a su tópica misantropía, la chica -que ha abandonado el hogar paterno para explosionar a la vida en Nueva York- es la expresión de la máxima ingenuidad, de la candidez y de la vida naif. Por ello, la relación desproporcionada que inician resulta chocante y hasta enriquecedora. Ella pone un contrapunto de vitalidad a la tumba en vida de su “protector”; mientras que él le ofrece los hallazgos y miserias de una mente febril que lo piensa todo sobre el mundo hasta llegar a la depresión. Pero la situación se hace agradable sin estridencias, ni exigencias, sin combate, sin futuro.

A partir de ahí asoma una serie de personajes (entre ellos, los padres de ella: que son la representación más grotesca del fenómeno religioso sin convicciones). Allen da consistencia a las relaciones transgresoras para demostrar con sus argumentos particulares que una conducta inmoral puede tener más entidad que cualquier intento por ser razonable en la vida. Y en parte lleva razón. Lo digo porque, en teoría, contrapone la conquista de la felicidad a la falta de autenticidad, a la hipocresía, a la carencia absoluta de libertad. Pero quizá sin saberlo cae en su propia trampa al no considerar que también para ser inmoral hay que comprometerse. Y eso no es nada fácil.

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