Matilda

Ante la insistencia de mis dos sobrinas Lucía y Rebeca sobre las maravillas y bondades de Matilda, esta vez he decidido dedicar la crítica al género infantil. Se trata de una historia muy particular basada en una novela de Roald Dahl, el creador de la también llevada a la pantalla grande Charlie y la fábrica de chocolate. Por pura curiosidad, habría que preguntarse por qué este filme, con una década de vida, sigue enloqueciendo de pasión a los niños.

Matilda es la historia de una niña. Puede suponerse que como niña, aún tiene poca historia. Sin embargo, se descubre que detrás de su corta existencia, hay toda una aventura de heroicidades que la convierten en un personaje ejemplar. Los orígenes de Matilda son como los de cualquier héroe épico que se precie: pesarosos y enigmáticos, en cierto sentido, milagrosos. En huérfana sin serlo. La clave de su enigma se encuentra en su familia -la antítesis radical de la niña-, una familia que no la quiere como es. Desde ese punto de vista, y adoptando el estilo de la fábula, las vicisitudes de Matilda constituyen una narración espectacular de cómo crecer y mejorar cuando las circunstancias son totalmente adversas. Y no es casual que la película sea como una fábula. La crueldad que puede sufrir un niño cuando sus padres no le quieren es inenarrable. De ahí que los despropósitos familiares con Matilda, sus sufrimientos en una escuela infernal y su amplia soledad sólo puedan contarse a través de una imaginación desbordada.

Pese al envoltorio fantástico de la historia, el mito es claro. Una familia es familia sólo si acoge sus miembros porque sí, es decir, queriéndose en exclusividad y sin necesidad de méritos. Ese rasgo identifica a una verdadera familia. Por eso, la historia de Matilda es significativa. Ella no es aceptada por sus padres biológicos. Necesita que la quieran y valoren con justicia. A ello se suma que la niña es capaz de convertir todas sus penas en poderes especiales. Con lo cual, no está resentida contra sus progenitores; ha sabido dar un cauce positivo a su dolor, que no es poco, en vez de autocompadecerse o achicarse en el victimismo de la incomprensión. Con una historia así, cabe cerrar el círuclo con otra pregunta: si podemos ser tan valientes como Matilda y afrontar los obstáculos que se presentan en nuestra vida como una oportunidad para ser más, para crecer como genios (sabios) de la existencia. Ahora entiendo bien a mis dos geniales sobrinas.

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