Centauros del desierto (The Searchers, 1956)

Según el fiscal y crítico de cine Eduardo Torres-Dulce, en su entrañable libro Armas, mujeres y relojes suizos, el filme The Searchers es un western ejemplar donde el espectador cuenta con la libertad suficiente como para leer unos planos que esconden de manera elíptica un amplio contenido antropológico. Siempre es buen momento para homenajear al gran maestro de la escena clásica, el norteamericano de sangre irlandesa, John Ford. En su western tardío –y después de haberse curtido en el género desde la época muda- Ford retrata con nostalgia el espíritu de la frontera, las constantes vicisitudes del hombre blanco frente al indio por abrirse camino en unas tierras inhóspistas, por vivir, en la mayoría de los casos, ajeno a la Ley.

The Searchers es el western del personaje fronterizo, del hombre que no quiere cruzar el umbral de la civilización, aunque para ello haya de sacrificar sus mayores esperanzas. Interpretado por el mítico John Wayne, Ethan Edwards, el fuera de la ley por antonomasia, tiene todavía mucho que decir en estos tiempos donde las fronteras y el hacer humano aún están por delimitar. Aunque la historia –basada en la novela homónima de Alan Le May- relata el típico y tópico argumento de un rescate y cautivero en el lejano Oeste, parece que John Ford quiso contar un drama cotidiano, más universal, jugando con el espacio y el ambiente que más adoraba y conocía, el del western. The Searchers recoge muchos temas: la intransigencia con el extranjero, el conflicto de la ley con el caos, la civilización y lo salvaje, pero sobre todo se ciñe a no perder de vista la progresiva humanización de un hombre a través de la convivencia.

Ese hombre –que es Ethan- y que podría ser cualquiera de nosotros comienza la historia sin descanso. Tal y como se recoge en la letra de la canción con la que se abren los títulos de crédito del filme, él está vagando y busca la paz de su corazón…Veremos si la encuentra o si –habiéndola acariciado- no se siente en condiciones de aceptar un mundo en el que se ha legalizado la injusticia. Esa lección –como digo- tiene su eco en la canción de E. Jones, de apertura y cierre de la película y se expresa sutilmente con el primero y el último de los planos. Cuando todo parece estar en orden, a Ethan le toca tomar una decisión: la de aceptar o no el hogar, el orden establecido, la familia. Pero quizá todavía no está preparado para mecerse tranquilo en el porche de su trágica historia.

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